Es sábado 14 de marzo, son las 10:20 de la mañana y me acabo de despertar. Tuve un sueño.
Soñé que caminaba por la calle. Era de noche y había una niña jugando, como de unos cinco años, de cabello negro. Tenía la ropita un poco sucia, pero me imagino que era por estar jugando; estaba un poco despeinada, como los niños a esa edad cuando se ponen a jugar.
Estaba jugando con un gato grande. Uno de los gatos era grande, gordo, de color negro con blanco. También tenía un gatito que me llamó la atención, porque la niña lo agarraba y el gatito se bajaba; como que lo quería cargar a fuerza y el gatito naranjoso no se dejaba.
Cuando me llamó la atención, me acerqué a la niña y agarré al gatito. Resulta que no era un gatito: era un duendecito de cabello rubio.
Aún recuerdo su rostro dulce, sus grandes ojos, aunque no recuerdo si eran amarillos o azules. Tenía una sonrisa muy dulce, como esos trolls que tienen la nariz y las mejillas muy marcadas: unas mejillas redondas y abultaditas. Tenía una cara redonda y muy linda, con un cabello amarillo muy sedoso, muy bonito. Su cuerpecito era muy pequeño; medía apenas unos 10 cm, pero era adorable.
El duendecito se podía hacer pasar por gato y podía caminar en cuatro patas si quería. Era muy juguetón y muy bonito. Se dejó que yo lo cargara. Lo miré a la cara y fue cuando vi su carita sonriéndome: sus mejillitas altas, bonitas, redonditas, un poco doradas, con un brillo muy bonito en su rostro. Tenía una mirada profunda, muy bella, y un cuerpecito tan pequeño que parecía que estaba agarrando un muñequito. Era tan tierno y lindo que me causó mucha, mucha ternura.
Después de eso lo vi en otra escena, ya grande, del tamaño de un niño pequeño. Seguía siendo rubio, con sus bracitos pequeños y sus piernas, igual de juguetón, pero estaba con dos hombres grandes, como si estuvieran haciendo experimentos con él. En el sueño pensé que se había dejado ver demasiado y por eso lo habían atrapado.
Después aparecí en la casa con la señora, la mamá de la niña, y ella me enseñaba todas las cosas que hacía. Le gustaba tejer, le gustaba bordar; tenía miles de revistas de manualidades. Lo que entendí en el sueño es que el duendecito les daba la inspiración para seguir creando, pero que desde que se fue solo había hecho una manualidad.
Era tan adorable su carita cuando era pequeño que me recordó a mí misma: muy bonito y tierno, con una nariz redonda, pequeña, y una expresión muy alegre.
Por eso la niña jugaba tanto con él y no lo dejaba ir, porque era tan adorable que daban ganas de cargarlo todo el tiempo.



